TRAS LAS HUELLAS DE BILAL

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"Me fui de mi país porque soy homosexual"
Ella Anthony. 32 años.
(Nigeria)

Por Mori Ponsowy

Ella Anthony va a hablar dentro de unas horas en un palco en la Piazza del Popolo, en la Manifestación Mai piu fascismi, mai piu razzismi. “Nunca más fascismos, nunca más racismos”. Faltan menos de dos semanas para las elecciones italianas y la política inmigratoria es un tema álgido en la agenda. Según las últimas encuestas, los partidos nacionalistas tienen una alta probabilidad de ganar las elecciones del 4 de marzo.

Ella Anthony se llamaba Isabella en Nigeria pero, desde el día en que llegó a Italia, decidió que aquí se llamaría de esta manera. Es baja, de piel oscura -pero no negra-, y lleva el pelo cubierto con una gorra de béisbol de la que asoman algunas trencitas cortas coronadas con cuentas de metal. Nos encontramos en un café en la Stazione Tiburtina. Su expresión es invariablemente adusta. Está enojada o, al menos, eso transmite.

“Salí de Nigeria el 25 abril 2014,” dice, cuando le hago la primera pregunta. A partir de entonces, hablará casi de un tirón hasta el final, como si narrar su historia fuera algo que ha hecho muchas veces. “No está permitido irse de nuestro país pero nosotras les pagamos a unos musulmanes para que nos ayudaran a llegar a Níger. Fuimos en autobús hasta un lugar cercano a la frontera y luego la cruzamos de noche, caminando. Níger esta cerrado para Nigeria. Cuando llegamos, el hombre que nos llevaba nos dijo que teníamos que cubrirnos porque Níger es un país musulmán.”

Ella Anthony no habla bien italiano, pero tampoco se esfuerza por hacerlo, ni parece importarle si su interlocutor logra entenderla. Le pregunto si prefiere que sigamos en inglés, su idioma natal. Acepta. El inglés que habla tiene una cadencia y una pronunciación distinta -podría decir que hasta una gramática distinta- al que conozco. Su expresión severa no cederá ni por un instante durante la conversación.

Tardaron varios días en llegar a Niamey, la capital de Níger. Viajaban de noche y, durante el día, se escondían en edificios abandonados. “¿Por qué tenían que esconderse?” la interrumpo. Ella responde: “Porque no teníamos documentos. En Nigeria sólo te dan documento si vas a volar en avión.” Una vez en Niamey, partieron en un camión descubierto para llegar a Libia. “Íbamos tan apretados que nos obligaron a tirar el agua y la comida que habíamos comprado. La gente tomaba su propia orina. Había cadáveres por todas partes. Si ven que no puedes seguir, te bajan del camión y te dejan en el camino.”

Cuando llegaron a Libia estuvieron varios días en un escondite para refugiados en Qatroun. “Hay miles de personas y tienes que acomodarte donde puedas. Hay gente que duerme parada. Vi muchas chicas adolescentes. Las llevan desde Nigeria para prostituirlas.” Desde Qatroun siguieron viaje, pagando por cada tramo a través del desierto, hasta que al fin llegaron a Trípoli. Ahí contactaron a un musulmán nigeriano que les explicó que sus vidas corrían peligro. La combinación era nefasta: eran extranjeras, homosexuales, cristianas y negras. Los libios odian a los negros, odian a los extranjeros, odian a todo aquel que no sea musulmán y lapidan a los homosexuales. “Me había ido de mi país porque soy homosexual y había llegado a otro donde estaba aún peor” dijo Ella.

Hoy transcribo la entrevista, escribo este texto, y escucho una y otra vez algunas oraciones de Ella Anthony. Desconfío de ella y, al mismo tiempo, me recrimino: no me conmueve. Dudo de algunas de las cosas que me ha contado. Me parece que puede haber estado mintiendo. Voy a Google. Sí, es cierto que en Nigeria la homosexualidad se castiga hasta con catorce años de prisión. No, no es cierto que sólo den el pasaporte a quien viaja en avión. Tampoco es cierto que esté prohibido salir de Nigeria, ni que no esté permitido pasar de Nigeria a Níger. Sin embargo, encuentro que sólo pueden cruzar libremente la frontera aquellos nigerianos que tengan documento de identidad. En 2015 el Congreso de Níger aprobó por unanimidad una ley que prohíbe el paso de personas indocumentadas precisamente para evitar la trata y el crimen organizado.

En Google también encuentro fotos. Ella Anthony había dicho que iban en un camión. La palabra que usó fue "truck" y yo imaginé un gran camión descubierto. Las fotos me hacen entender que no son camiones: son camionetas pick-up descubiertas en cuya parte posterior van, según lo que puedo calcular, alrededor de ochenta personas. Hacinadas. Peor que ganado. A cielo descubierto en medio de la arena y bajo un sol inclemente. Muchos van sentados en los bordes de la carrocería con las piernas colgando hacia fuera. Parecen estar a punto de caerse. Los que van en el centro de ese tejido humano deben estar asfixiándose. O muriéndose.

Leo una noticia que habla del encuentro en una sola semana de treinta y cuatro cadáveres en el desierto del Sahara. Veinte de esos cuerpos eran de niños. El Ministro del Interior de Níger afirmó que esas personas fueron abandonadas por los traficantes. La noticia dice que viajar desde Agadez, en Níger, hasta la frontera con Libia demora entre tres y seis días y que las condiciones geográficas y climáticas impiden el control de esa región: hay que atravesar tormentas de arena y temperaturas que van de los 40 a los 50 grados centígrados. En otra noticia, me entero de que noventa y dos personas murieron de hambre y sed en el desierto en octubre de 2013, cuando los traficantes los abandonaron en medio de su viaje hacia la frontera.

Ella Anthony y su compañera atravesaron ese mismo desierto, en camionetas como esas, cinco meses después.

Y yo no había logrado conmoverme con su historia.

Miles de africanos, recurren o caen en las manos de redes de traficantes de personas y de un sinnúmero de comerciantes que lucran con su miseria. Les cobran por ayudarlos a salir de sus países. Les cobran por hacerlos cruzar la frontera. Por atravesar el desierto y luego, a veces, abandonarlos. Les cobran por darles documentos falsos. Por ayudarlos a encontrar trabajo esclavo en Libia. Por subirlos a una barca inflable en la que, si tienen suerte, lograrán atravesar el mar.

“En Trípoli, un árabe que tenía mujeres nigerianas para trabajar en casas árabes nos consiguió pasaportes, nos llevó a un hospital para que nos hicieran el análisis de HiV y luego nos separó a mi novia y a mí. A mí me llevó a trabajar a la casa de una familia.” Ella Anthony limpiaba y cuidaba a los niños. Dice que la trataban bien pero que la obligaron a convertirse al Islam y que no la dejaban usar el teléfono. “Sentía que yo no era yo. Sentía que algo me faltaba. Vivir así no era lo que quería cuando dejé mi casa.” Al cabo de un mes, le pagaron 500 dinares y le dijeron que podía salir por dos días. Su novia también había conseguido trabajo, pero Ella no tenía modo de saber dónde estaba.

“Tuve un sueño. Las dos estábamos en una barca para venir a Italia, pero la barca se hundía y nos moríamos en el mar. Me desperté muy asustada porque cuando sueño cosas así casi siempre se cumplen, aunque a veces sucede lo contrario. Entonces decidí venir sola a Italia, sin decirle nada a mi novia.

Ella Anthony trabajó dos meses más. En julio, para emprender el viaje, tuvo que pagarle a un hombre de Ghana, a uno de Nigeria, y a dos de Libia. Volvió a quedarse sin nada. Viajó en una barca junto a 663 personas más. “Había gente de Marruecos, de Siria, de Mali, de Ghana, de Guinea, de Liberia.” Todos queriendo llegar a Italia.

Después de estar tres semanas en Taranto y un mes en Abruzzo, Ella Anthony fue a parar a un Centro di Accoglienza en Monterotondo, en Roma. “Ahí me ayudaron a recuperar mi vida.” En los Centros, los inmigrantes tienen garantizados comida, techo, atención médica y psicológica, enseñanza de italiano y educación gratuita hasta terminar la escuela media.

Al principio, la novia de Ella Anthony no quería ni siquiera hablar con ella pero, finalmente, aceptó viajar. Ella Anthony consiguió que la llevaran a su mismo Centro. Permanecieron allí dos años.

Hoy, ambas tienen documentos y permiso para quedarse en Italia. Viven juntas en un departamento alquilado en las afueras de Roma. “Hemos empezado una vida nueva,” dice Ella. Sin embargo, no parece satisfecha. “He ido a muchas entrevistas de trabajo y en cuanto me preguntan de dónde soy y digo que de Nigeria, es el fin. Aquí a mucha gente no le gustan los negros. Cuando estás en el bus te dicen que estamos aquí para quedarnos con su dinero. Creen que en los centros nos dan 35 euros cada día, pero la verdad es que sólo nos dan 7. Nos dicen que no pagamos impuestos, que no pagamos luz. Yo sé que somos muchos, pero es por la situación de nuestros países.”

Ella Anthony se queda callada. Querría preguntarle varias cosas que no me quedan claras de su historia, pero siento que no quiere hablar más. Caminamos juntas a tomar el subte y subimos al mismo vagón. Apenas si se despide antes de bajar en Flaminio para ir a Piazza del Popolo. Al día siguiente me envía por Whatsapp, sin ningún otro comentario, un enlace a un video del diario La Repubblica que la muestra hablando ante una multitud.

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