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No le desearía a nadie pasar por lo que yo he pasado
Adija. 24 años.
(Nigeria)

Por Mori Ponsowy

No ha dejado de llover. Esta tarde voy con Rita a Torre Gaia, un barrio en las afueras de Roma. Tardamos más de media hora en metro desde Termini hasta llegar a Anagnina, pasando Cinecitta, y ahí tomamos un autobús que nos lleva aún más lejos. Cuando bajamos, tenemos que caminar unos veinte minutos bajo la lluvia antes de llegar. Torre Gaia es una zona arbolada con edificios elegantes de tres o cuatro pisos. Cada edificio está rodeado por un jardín. Me llama la atención que en una zona como esta viva la chica refugiada a la que venimos a ver y Rita me explica que el gobierno expropió algunos de estos departamentos a la mafia y ahora son “casa famiglia”. “Casa de familia” es el término que usan para referirse a los lugares gestionados por privados con aportes del gobierno y donde viven mujeres en situación de vulnerabilidad o menores de edad que por alguna razón no pueden estar con sus padres. Aunque en esas casas hay mujeres y menores italianos, la mayoría son inmigrantes.

Llegamos empapadas. Rita toca el intercomunicador. Antes de que respondan, una joven negra preciosa pasa al lado de nosotras sin mirarnos y abre la reja y la vuelve a cerrar en nuestras narices. Está muy maquillada y viste jeans apretados y una remera que marca sus grandes pechos. A pesar del frío, va con poco abrigo. Aunque es muy alta, tiene puestas zapatillas con plataforma. No pasaría desapercibida en ninguna parte. En el tiempo que tardan en abrirnos desde arriba, ella se aleja a paso rápido, atraviesa el jardín y sube por una escalera.

El desorden y la anarquía dentro del departamento al que entramos contrastan con la arquitectura y el paisajismo tan cuidados de las calles. Varias mujeres y un hombre están sentados en el piso jugando con tres niños pequeños en un idioma que no alcanzo a reconocer. En la cocina, una congregación de mujeres conversa alrededor de la mesa mientras otras dos cocinan. Quien nos recibe es Ivana, la “operatrice” de la “casa famiglia”. “Operatrice” es el femenino de “operatore”, el nombre que dan a quienes trabajan en los centros de refugiados. Son personas que reciben su sueldo del Estado o de entidades privadas que, a su vez, lo reciben del Estado italiano. Ivana es una mujer talla XL, masculina, severa, con voz gruesa. Es amiga de Rita. Ambas trabajaron en cárceles de mujeres.

Ivana nos hace pasar a una habitación en la que hay un escritorio y varias sillas y va a buscar a la persona que voy a entrevistar. No me sorprende que regrese seguida de la misma chica que entró al edificio antes que nosotras. Rita no me ha contado nada acerca de ella. La chica viene con un bebe blanco de pocos meses en los brazos y se dirige a mí mirándome a los ojos, como si me desafiara.

-¿Por qué quieres hablar conmigo? –dice. -¿Qué quieres saber?

Me doy cuenta de que la “operatrice” no le ha consultado nada antes de decirnos que podíamos venir a entrevistarla.

-No tienes que contarme nada. No tienes que hablar si no quieres –le digo. -Te voy a decir qué estoy haciendo y, después, tú decides si quieres que conversemos. ¿Te parece bien?

Ella no responde. Le digo que soy argentina y que he venido a hablar con refugiados para escribir sus historias. Le digo que en mi país se sabe poco acerca del tema pero que, además, aquello que se sabe son los grandes números. Le digo que a veces, sólo a veces, nos enteramos cuando se hunde una embarcación; que sabemos que la gente huye de Siria por la guerra y de África por el hambre y las persecuciones, pero que no sabemos nada de las vidas individuales que hay detrás de esas noticias. Le explico que estoy convencida de que el mundo podrá comprender la dimensión de las dificultades de los refugiados sólo si conocen sus historias.

Su expresión concentrada no ha cambiado, pero me doy cuenta de que me está escuchando.

-¿Sabes dónde queda Argentina? –digo.

No, no sabe, y yo le explico o, al menos, intento explicarle. No tengo manera de saber cuánto sabe de geografía. Probablemente su desconocimiento de América sea similar a mi desconocimiento de África, pero también es probable que no sepa dónde está o qué es América.

-Me llamo Mori –digo. -¿Y tú?

-Adije.

-Hola Adije –le digo, y ella sonríe por primera vez. –Puedo entender que no quieras hablar de ti. Desde que llegué a Roma he hablado con refugiados de Camerún, de Ghana, de Mauritania. Me hablaron del desierto. De lo que es cruzar el mar. Y también me hablaron de Libia. Si yo hubiera tenido que huir de mi país y pasar por todo eso supongo que no querría contarlo.

Adije acaricia a su bebe, lo mira y me mira y, sin que yo le haga ni una sola pregunta, comienza a hablarme.

Lo que sigue es su historia.

«Mi experiencia ha sido dura y cruel. Es difícil hablar. Difícil y muy doloroso. Yo no quise venir a Italia: no fue algo que decidí hacer. Este no fue nunca mi sueño. Nosotras somos tres hermanas. Mi madre murió cuando yo tenía diez años y mi padre se casó con otra mujer. Una mujer cruel que me trataba muy mal. Yo iba a la escuela, pero ella me dijo que no podía seguir estudiando porque no había plata para que yo fuera al colegio. Discutía mucho con ella porque soy testaruda y tuve que aguantarla durante años hasta que me vendió a un hombre. Mohamed. De eso me enteré después. Ese día lo que pasó fue que vinieron y me metieron en el baúl de un auto. Me tuvieron ahí dos días. Creo que fueron dos, no sé, no tengo manera de saberlo. Yo tenía dieciocho años. Me llevaron a una casa donde había muchas mujeres. Más de cien. Todas sentadas. Derechitas. Yo ni siquiera sabía en qué país estaba. Después me enteré que era Libia. Le dije al hombre que quería volver a mi casa, pero me dijo que ahora yo le pertenecía porque él le había dado un montón de dinero a mi madrastra y que yo tenía que hacer todo lo que él dijera. "Mi vida es mi vida. No puedes decirme qué hacer," le dije. Pero él me dijo que tenía que trabajar. Entonces yo le dije que no tenía educación, que no sabía hacer nada. "¿Qué clase de trabajo puedo hacer?", le pregunté. Él me dijo que lo único que tenía que hacer era esperar en mi cuarto a que viniera un hombre. "¡No puedo hacer ese tipo de trabajo!" le dije. Yo no había estado antes con un hombre. No quería hacer eso. Entonces me escupieron y me arrastraron fuera de la casa y me amarraron acostada sobre la tierra mirando el sol. Me cansé de llorar. No me daban comida, ni agua. ¡Había tanto sol! Pensé que me iba a morir. Y tuve que aceptar. Me metieron en un cuartito. Venían soldados, venían hombres de Ghana, de Nigeria, de Libia. Los soldados tenían pistolas y si te negabas a hacer lo que querían te pegaban hasta matarte. Los hombres venían sin protección, me usaban de cualquier manera. Me pegaban, me escupían. Pero yo tenía que estar calmada para que no me llevaran al sol. Me llevaban hombres incluso cuando estaba con mi menstruación. Si quedabas embarazada, vendían al bebe. Una vez al día, me daban un poquito de comida en la palma de la mano. Para que me dieran agua me tenía que acostar con un hombre. Si no, tenía que beber mi orina.»

«Un día, una mujer que iba a esa casa me dijo que me podía ayudar a escapar. Me dijo que teníamos que irnos de noche y que tenía que estar convencida porque, si no, nos podían matar. ¿Cómo no iba a querer irme? Ahí me estaba muriendo. Recibía hasta cincuenta hombres por día. Aunque me mataran, no me importaba. Yo no sabía que esa mujer era una mala mujer. Buscaba gente para llevarse de ese lugar a otro lugar. Seis de las que estábamos ahí nos fuimos con ella, corriendo, en medio de la noche. Un día y medio estuvimos caminando antes de llegar a su casa. Ella me había prometido que me llevaría de regreso a Nigeria. En su casa nos dio comida muy rica y nos bañamos. Me dijo que descansara antes de ir a Nigeria pero unos días después dijo que tenía que pagarle trescientos mil dinares. ¿De dónde iba a sacar yo esa plata si no tenía nada? Nunca tuve nada. Pero si ya antes me había acostado sin cobrar, ¿por qué no iba a hacerlo ahora a cambio de dinero para poder volver? “Está bien. No hay problema,” le dije. Pero cuando junté la plata, la mujer me dijo que tenía que darle seiscientos mil. “No puedo seguir así para siempre,” le dije. “¿Cuántos años tengo que hacer esto? Por favor, devuélveme mi vida.” Entonces el novio de esa mujer, sin que ella supiera, me dijo que él podía traerme a Italia si yo trabajaba para él. Dijo que había que cruzar el mar. "¿Qué es el mar?" le pregunté. Él me dijo que era como un gran río y me llevó al borde del mar. Ahí volví a hacer el mismo trabajo.»

«Algunos me decían que en Italia no quieren a los negros, pero otros decían que aquí, si alguien te amenaza o hace algo malo, puedes ir a la policía. También decían que si le pedías a la policía que te mandara de regreso a tu país, ellos te mandaban. Estuvimos tres días en el mar hasta que nos vio un helicóptero. Yo estaba muy asustada. Llegamos a Lampedusa, tuvimos una entrevista con la policía y estuvimos ahí siete días. Luego nos llevaron a un Centro di Accoglienza en Nápoles. Ahí a veces iba una mujer que nos llevaba ropa y nos decía que nos íbamos a quedar ahí toda la vida. Nos decía que teníamos que irnos del Centro y buscar dinero porque afuera había mucho trabajo. Así que me escapé del Centro, sin documentos porque no tenía documentos, y trabajé como prostituta en las calles de Nápoles hasta que conocí a una nigeriana que me dijo que si trabajaba con ella me daría el dinero para volver a mi país. Pero al mes empecé a sentirme muy enferma. Vomitaba y dormía todo el tiempo. En el hospital me dijeron que estaba embarazada. Yo me puse a llorar. Tenía un bebe dentro de mí. ¿Cómo iba a hacer? La mujer me dijo que me lo sacara, pero yo no tuve una mamá y estaba embarazada de un ser humano. No podía abortarlo. Quería darle vida a ese bebe. “Aunque no conozca al padre de este bebe, lo voy a dar a luz porque es lo único bueno que me ha pasado en la vida. Le voy a dar todo el amor que tengo para darle.” Eso le dije a la mujer y entonces ella me echó de su casa porque dijo que nadie iba a querer acostarse conmigo si estaba embarazada.»

«Estuve durmiendo en la calle por unos días, pidiendo limosna para comer. En la estación vi un tren que iba a Milano. Otro a Génova. Vi todos los trenes. Hasta que vi uno que iba a Roma y entonces dije: Roma está en la Biblia. Y le pregunté a alguien si la Roma a la que iban los trenes era la misma Roma de la Biblia y me dijeron que sí y entonces decidí venir a esta Roma. Los primeros días mendigaba para comer. Pizza. Pizza. Pizza. Caminaba y caminaba, pero me sentía muy mal. Sabía que me pasaba algo muy malo, así que fui a la policía y les dije que no tenía un lugar donde quedarme y que estaba embarazada y que me sentía mal. Me llevaron al hospital. “Ni siquiera sé qué es lo que tengo adentro. No sé si es humano,” les dije. Entonces estuve dos semanas internada porque todos los análisis daban mal. Me dijeron que tenía seis meses de embarazo. Entonces al fin vino un doctor que me dijo que tenía HiV. ”¿Cómo puedo tener esa enfermedad? ¡No puedo tener esa enfermedad!” le dije. Y el doctor me explicó que se contagia sexualmente. “Mi error debe ser algo que hice. ¿Cómo puede ser que el niño que voy a traer al mundo tenga HiV?” le dije. Fue terrible. Pero el doctor me dijo que tal vez el niño no fuera HiV positivo. Entonces me trajeron a esta casa. Y después nació mi bebe. Y mi bebe está sano. Aunque yo le di mi sangre, él está sano.»

«Dos veces por semana voy con mi bebe a la “scuola di italiano”. También lo llevo conmigo los lunes cuando voy al psicólogo. Si no aprendo italiano, no podré encontrar trabajo. En esta casa son buenos conmigo pero me dijeron que tengo que empezar a buscar un lugar donde vivir. Cuando salgo, le trenzo el pelo a algunas personas. Me pagan diez o quince euros. Tengo que buscar una pequeña habitación. Puedo limpiar, puedo hacer cualquier cosa. Necesito poder comprarle comida y ropa a mi bebe. Al principio, pensaba volver a Nigeria pero mi madrastra me dijo que me mataría si volvía. No llamé nunca más. Una amiga nigeriana me consiguió trabajo en un strip club. Pagan doscientos euros por día y, además, los hombres te dan plata. Pero, ¿qué pensaría mi bebe si hago ese tipo de trabajo?»

«A la gente de tu país quiero decirles que cualquier persona que tenga una madre, tiene algo de un valor incalculable. Mi madre solía decirme que uno no conoce el valor de algo hasta que lo pierde. Me gustaría poder saludarla. Me gustaría poder pedirle perdón por haberla tratado mal y por ser tan testaruda. Pero no tengo esa oportunidad. No tengo madre y, para mí, mi padre está muerto porque no le importa si existo. Estoy completamente sola. Mi bebe es mi madre, es mi padre, es mi hermano. Es todo lo que tengo en este mundo. Las personas que no han vivido lo que he vivido yo no saben cuan afortunadas son. Nacieron sin dolor en su vida. Pudieron crecer. En Europa viven una vida libre. Yo nací con dolor, crecí con dolor y todavía siento dolor. No le deseo a nadie la vida que llevé. Ni siquiera a quien me desea mal, le desearía la mitad de lo que he pasado. Te conté todo esto, pero no quiero acordarme de todo. Ya no pienso en nada.»

Hacía ya algunos minutos que el bebe estaba inquieto. Adije lo mecía para calmarlo y le decía, “Basta, amore”.

El niño se llama Ndulue.

Ndulue significa: “Espero que él lo logre”.

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"Me fui de mi país porque soy homosexual"

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